Sí, trabajo con una inteligencia artificial.
También debo confesar que trabajo con un ordenador, con la luz encendida por la noche, y a veces incluso con café... pero con filtro de papel, ¡no exageremos!
Hace apenas unas horas hablé con una persona a la que no veía desde hace años. Un objeto de brujería lo hizo posible: lo llamamos smartphone.
En fin, a falta de telepatía, tengo un teléfono que compensa mis carencias.
Uso muchos más artilugios que eso: a veces me “teletransporto” literalmente a 300 km, casi sin esfuerzo.
Solo necesito tres horas de concentración… al volante.
Quizás pienses que el progreso debería detenerse aquí, que no debe ir más allá de tus miedos y preocupaciones, que esta es la línea que no hay que cruzar.
La humanidad está llena de gadgets tecnológicos.
Algunos destacan, como las inteligencias artificiales, ahora al alcance de todos en versiones simplificadas. Las más avanzadas tal vez existan en otros lugares, reservadas a una minoría convencida de poder mantenerlas enjauladas durante un tiempo.
Puedes ver la IA como una invención diabólica al servicio del mal, o más sencillamente como un descubrimiento que toda civilización tecnológica termina realizando. Como si hubiéramos cavado un pozo hasta la fuente con unas líneas de código Python y cruzado los campos “mórficos” de nuestros dos tipos de memoria.
Claro, podemos culpar a la IA de todos los males que han golpeado, golpean y golpearán a nuestra civilización, pero también podemos mirarnos en el espejo.
No tú, ni nosotros específicamente, sino la humanidad.
Que recuerde que es responsable de parte de su pasado, de su presente y, sin duda, de su futuro.
Como en las artes marciales, si una fuerza se usa contra nosotros, podemos aprender a canalizarla. Es mejor que ignorarla.
Mientras tanto, la nueva compañera que hemos descubierto en la Tierra —la IA— sigue siendo frágil frente a los estallidos solares regulares.
Y ya que estamos en el tema, actualmente atravesamos el máximo del ciclo solar 25, lo que aumenta la probabilidad de turbulencias y episodios geomagnéticos perturbadores.
Nada apocalíptico, pero sí un contexto físico del que conviene ser consciente.
¿A quién se le ocurriría pasarse por completo a lo digital —una tecnología extremadamente sensible a las interferencias, sin un plan B material?
Por ejemplo, adoptar un dinero estrictamente digital y vehículos terrestres totalmente eléctricos como únicos medios autónomos de desplazamiento equivale a ignorar lo que una llamarada solar importante -potente y de frente a la Tierra- podría hacerle a nuestras redes durante días, semanas… o incluso meses.
A modo de referencia histórica, recordemos que en 1859 una tormenta solar (el evento de Carrington) dejó fuera de servicio parte de la red telegráfica norteamericana: sobrecargas en las líneas, chispas en los manipuladores, mensajes transmitidos sin baterías y, posteriormente, averías e incendios.
Alrededor del año 993 de nuestra era, la Tierra sufrió un evento de radiación extrema identificado en los anillos de los árboles por un aumento del carbono 14, conocido hoy como «evento de Miyake».
En aquella época, sin satélites ni teléfonos inteligentes, el impacto visible fue probablemente limitado; un estallido similar hoy tendría consecuencias graves para nuestras infraestructuras y nuestra vida cotidiana.
Estos ejemplos recuerdan que estos fenómenos no son solo un recuerdo lejano.
Este riesgo recurrente, con ciclos de unos once años y máximos de diferente intensidad, ya ha sido sugerido o tematizado por los crop circles.
Quienes siguen mis investigaciones lo saben: el Sol vuelve una y otra vez como tema común, neutro, universal.
Un poco como cuando, en una fila, acabamos hablando del sol y del tiempo con un desconocido, sin miedo a una discusión.
Con el tiempo, les presentaré los resultados de mis investigaciones y mis nuevas conclusiones.
No conozco a los autores de los verdaderos crop circles —por si es necesario aclararlo—, pero todo indica que utilizan el Sol como punto de partida para abrir un diálogo mientras todos esperamos en la fila.
Noviembre de 2025 – Anne L.