LOS INFRARROJOS OLVIDADOS
En 2011, Rebecca Boyle publica en su sitio web: "
Creación de círculos de cultivo con láseres y microondas.". Se trata de una entrevista con Richard Taylor
(Universidad de Oregón – Físico (Estados Unidos))
Documento fuente, del cual aquí abajo se presenta un resumen :
https://www.popsci.com
Contexto
En los años 1980, Richard Taylor, físico y especialista en percepción visual, se interesa por la aparición de los crop circles. Observa que sus diseños se vuelven cada vez más complejos. La idea de que unos bromistas armados con tablas puedan realizar estas estructuras le parece rápidamente insuficiente. Algunos motivos incluyen cientos de elementos, trazados con una precisión difícilmente explicable por medios artesanales. Taylor decide entonces abordar el tema con un enfoque científico.
Hipótesis de trabajo
Taylor propone que algunos crop circles modernos podrían haber sido creados con tecnologías humanas avanzadas, combinando:
- microondas portátiles para doblar los tallos sin romperlos,
- láseres para trazar líneas perfectamente rectas,
- y dispositivos GPS para reproducir fielmente un diseño creado por ordenador.
Sugiere también que estas tecnologías podrían montarse en un dron autónomo, capaz de seguir con precisión el trazado del diseño. Este dron actuaría como una plataforma móvil, emitiendo localmente una radiación de microondas para calentar los nudos de los tallos y hacer que se doblen sin romperse.
Este procedimiento ofrecería un método discreto, rápido y difícil de detectar desde el suelo.
No se trataría entonces de un haz disparado desde el espacio, ni de un dispositivo de largo alcance, sino de una radiación localizada, a baja altitud, guiada por GPS o por un sistema de pilotaje autónomo.
Sin afirmar que este método se utilice realmente, Taylor considera que podría explicar algunas anomalías documentadas sobre el terreno.
Funcionamiento de las microondas
Los tallos de cereales tienen nudos. Cuando se exponen a una radiación de microondas, estos nudos se calientan, se hinchan y luego se doblan. Los tallos se aplanan sin romperse. Una vez enfriados, mantienen su posición.
Según Taylor, este método sería más eficaz y más discreto que el pisoteo tradicional. Análisis de campo habrían revelado signos de calentamiento localizado en algunos tallos.
Este enfoque solo habría sido posible con la aparición reciente de magnetrones portátiles alimentados por batería, evitando así el uso de generadores voluminosos.
Metodología propuesta
El procedimiento hipotético que describe Taylor es el siguiente:
- Diseñar el motivo en ordenador con un software de diseño arquitectónico.
- Convertir ese diseño en coordenadas GPS.
- Transmitir esos datos a un operador en el terreno equipado con GPS o reloj GPS.
- Trazar las líneas con un láser para asegurar un posicionamiento preciso.
- Calentar los tallos con microondas para doblarlos y fijar el diseño.
Punto de vista de los artistas del suelo
John Lundberg, creador de círculos entrevistado en el mismo artículo, rechaza la hipótesis del uso de microondas.
Afirma utilizar herramientas simples y clásicas: tablas de madera, cintas métricas, cuerdas y un software tipo AutoCAD para preparar los diseños.
Precisa que los motivos simétricos son preferidos porque se ejecutan más rápido, mientras que los asimétricos toman mucho más tiempo, lo que explicaría su rareza.
También critica las teorías demasiado técnicas, calificándolas de especulaciones infundadas o de "ciencia ficticia".
Motivación de Taylor
Taylor afirma querer poner en valor a los autores de estas obras, sean humanos o no. Para él, explicar un fenómeno no le quita belleza.
Lo compara con su trabajo de análisis de las obras de Jackson Pollock: al demostrar que sus cuadros contenían estructuras fractales, se evidenció una forma de dominio artístico a menudo subestimada.
Espera que, al identificar las herramientas potencialmente utilizadas para crear los crop circles, se acabe reconociendo el talento y la precisión de quienes están detrás de ellos.
En el caso del crop circle de la Abeja (2004), se reporta una observación nocturna desconcertante: una especie de vórtice rojizo, similar a un cono nuboso con la punta dirigida hacia el suelo, fue avistado sobre el campo pocas horas antes del descubrimiento del diseño.
Unas horas más tarde, al amanecer, el agroglifo apareció intacto — sin huellas visibles de entrada ni de paso humano.
En el lugar, los tallos parecían haber sido "soplados", no rotos. El bloom (o pruina), esa fina capa cerosa que recubre naturalmente las plantas, seguía presente en los tallos — un indicador clave de ausencia de manipulación física directa.
Incluso en las zonas más densamente tumbadas, no se observaron señales de pisoteo mecánico ni humano durante las primeras horas.
¿Qué tecnología podría ocultarse detrás de este fenómeno?
¿Y si existiera una tecnología desconocida capaz de canalizar flujos aerodinámicos localizados, capaces de tumbar los tallos a distancia — sin contacto mecánico, sin láser, sin microondas?
En ese caso, no se trataría de una simple herramienta dirigida, sino de una forma de dominio sobre los propios elementos naturales.
Como si una inteligencia supiera dirigir los movimientos del aire con precisión, modulando la presión, la dirección y la velocidad para moldear el diseño sin contacto alguno.
Un haz tecnológico (láser o microondas), por muy preciso que sea, actúa siguiendo una trayectoria única, emitido desde un punto fijo o móvil. Impacta una superficie en una dirección determinada.
Sin embargo, muchos crop circles presentan una dinámica contraria: los tallos parecen haber sido tomados por varios flujos simultáneos, como si corrientes de aire convergentes hubieran esculpido las formas desde varias direcciones a la vez.
Este tipo de resultado no apunta a la acción de un simple haz, sino a una gestión multidireccional de los flujos en el espacio, como si el aire hubiera sido movilizado con precisión para esculpir la formación.
Este contraste invita a una reflexión más amplia sobre la naturaleza misma del fenómeno.
Plantea una distinción crucial: una cosa es doblar tallos en línea recta con un rayo dirigido; otra muy distinta es generar corrientes fluidas, ondulantes, organizadas, capaces de ajustarse con sutileza a una forma compleja.
¿Sería entonces una tecnología capaz no solo de doblar, sino de orquestar?
Sin recurrir a nociones más subjetivas asociadas a frecuencias o energía, esta hipótesis plantea una verdadera cuestión técnica: entre la precisión de un haz de microondas y la sutileza de una corriente de aire perfectamente orientada, ¿cuál de estas dos aproximaciones demostraría un grado más avanzado de control tecnológico?
Más allá del método, el sentido
Cualesquiera que sean las tecnologías empleadas — tablas, láseres, microondas, drones o globos dirigibles — siempre falta una pieza en el rompecabezas: el sentido.
Un crop circle no puede reducirse únicamente a su método de fabricación. También hay que cuestionar lo que comunica, lo que anticipa o a qué responde.
Algunos diseños aparecen en sincronía con acontecimientos mundiales importantes; otros parecen codificar un escenario futuro, o posicionarse geográficamente de forma significativa. Estos elementos no pertenecen al ámbito técnico, sino a una forma de inteligencia narrativa, capaz de coordinar la aparición de un motivo con un contexto preciso — ya sea histórico, geopolítico, astronómico o simbólico.
En otras palabras:
el estudio de los medios técnicos no puede separarse de un análisis global del motivo, de su contenido y de su inscripción en un contexto más amplio.
Aquí es donde entra en juego otra forma de investigación, más holística — es decir, un enfoque global que considera tanto los aspectos materiales, simbólicos como contextuales — en el que los datos físicos ya no bastan por sí solos para dar cuenta del fenómeno.
Un enfoque así supone un cambio de perspectiva:
dejar de mirar únicamente cómo apareció un diseño, y empezar a preguntarse por qué apareció allí, en ese momento preciso, con esa forma particular.
Esto implica cruzar varias disciplinas:
— la geometría, para entender la estructura interna de las figuras,
— la astronomía, para verificar posibles correspondencias celestes,
— la geografía, para examinar alineaciones o coincidencias espaciales,
— la historia, para situar el diseño en su época,
— y por último, la simbología, para interpretar lo que el dibujo evoca, suscita o refleja en el inconsciente colectivo.
Desde esta perspectiva, un crop circle deja de ser un objeto a fabricar para convertirse en un mensaje por descifrar.
Y ese mensaje — si existe — solo puede revelarse teniendo en cuenta todas las capas superpuestas:
la materia, la forma, el lugar, el momento y la mirada humana.
Es, por tanto, una investigación multidimensional, donde el técnico, el historiador, el artista, el físico, el lingüista y el antropólogo tienen todos su lugar.
Para iluminar este enfoque transversal, puede ser útil precisar el papel que desempeña cada disciplina en este tipo de investigación:
– El técnico verifica la viabilidad material: ¿se puede realizar este diseño con las herramientas conocidas? ¿En cuánto tiempo?
– El historiador sitúa el diseño en su contexto: ¿qué ocurría en el momento de su aparición? ¿Existen ecos con otras épocas?
– El artista analiza la composición: ¿cuál es la fuerza visual del motivo? ¿Qué emociones o impresiones genera?
– El físico estudia las anomalías físicas: tallos curvados, depósitos electromagnéticos, perturbaciones medibles…
– El lingüista examina las estructuras, las recurrencias formales e intenta discernir un lenguaje o una sintaxis simbólica.
– El antropólogo observa las reacciones humanas: ¿cómo es percibido, interpretado, ritualizado el motivo por las sociedades o grupos que lo descubren?
Este cruce de miradas no garantiza una respuesta única, pero enriquece la lectura del fenómeno.
Es, por tanto, una investigación que no se resuelve únicamente sobre el terreno, sino también en la comprensión de nuestra época, de sus umbrales y puntos de inflexión.
Desde esta perspectiva, los crop circles ya no son solo un fenómeno superficial. Se convierten en marcadores profundos — quizás incluso en interfaces — entre nuestro mundo material, nuestros sistemas de creencias y una forma de inteligencia aún no identificada.
Si bien la hipótesis de tecnologías humanas (infrarrojo, láser, dron, globo) sigue siendo creíble para ciertas formaciones, deja aún muchas zonas de sombra.
Particularmente cuando no hay rastros visibles de intervención en el terreno: ni marcas de acceso, ni líneas de construcción, ni degradación del trigo.
Esto lleva a algunos investigadores a considerar otra vía: la de una inteligencia capaz de movilizar fuerzas naturales ya presentes en los campos — viento, presión, ondas — sin recurrir a un dispositivo mecánico o electrónico identificable.
Este nivel de intervención, si existe, sería mucho más avanzado, ya que se basaría en dinámicas invisibles pero reales, que solo ciertas observaciones permiten sospechar.
Una inteligencia así ya no busca mostrar su tecnología: actúa a través de las condiciones naturales — y quizá sea este silencio técnico aparente lo que más desconcierta.
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